Hemeroteca :: 10/09/2007
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Opinión

EL RINCÓN DE MARBELLA

Francisco Gutiérrez

Última actualización 10/09/2007@00:00:00 GMT+1
Amable lector, esta mañana me he levantado con alma de negociante. He paseado por tus calles, Marbella, buscando un piso que deseo comprar.
Casco antiguo, por calles estrechas con casas bajitas. Amplias avenidas por donde la altura sube y los precios también. A las afueras, los chalet que embellecen y los pinares que inundan el ambiente con el olor a resina y la alegría de un pino piñonero. Y el mar, los pisos junto al mar que parecen barcos varados, esperando la entrada del timonel. Presurosos mis pensamientos porque muchos eran los lugares que me gustaban y pocos los que me convenían. Eran caros, lejanos del lugar que presidía mis deseos, rodeados de esa multitud que nos inunda, cada día menos españoles. Empezaron mis problemas, el único era el dinero. No entiendo nada de lo que hablan, no me gusta el olor de las comidas, beben demasiado, no intervienen en nada con nosotros etc.… pero nunca protesté de aquella cala, donde aquella chica rubia, mostraba al sol, aquellas domingas hermosísimas que ponían nerviosos a los tranquilos y a los torpes eruditos los ponía.

Aquello era un problema de difícil solución. Los españoles siempre hemos sentido una profunda atracción por lo de afuera. Ahora, ha cambiado un poquito la cosa, eso dicen, pero en el fondo es lo mismo.Viajamos más, conocemos mucho y hacemos las mismas tonterías, será por aquella de “el asunto de la j… no tiene enmienda”. Ah, eso, sí, seguimos siendo el caballero español, elegante, hidalgo, comprometido y papa frita. El Sr. que lo paga todo, que ayuda hasta morir a la chica que no tiene más que las otras, pero que nos embobalican con su forma de hablar y sus miradas.

Marbella está plagada de estos seres que vinieron con la sana intención de trabajar pero al ver, como estaba el campo, decidieron cambiar de trabajo y dedicarse a otras labores más antiguas, más eternas. Hay que aprender más geografía para conocer su procedencia. Recuerdo cuando estaban de moda las suecas y nadie hablaba de Suecia. Cambió, todo cambia. Después llegaron países más cercanos como Francia, con su acento glamoroso de las chicas y el dinero justito que traían. Y vinieron las inglesas con su fuerza, con su amor patrio y con las medidas algo alarmantes de sus bienestares. Vendrían después, conquistadas las Baleares, las germanas rollizas y atrevidas. Vendrían tantas que uso de condicional por no acordarme. Esta costa es mucha costa. Y en las noches en las que las adelfas levantan la voz de su belleza, en cualquier casa, han montado un bar, un toma-copas y allí están. Son las primeras en aprender los sitios y como no tienen el temor al ridículo que por aquí usamos, se lanzan a pedir en su voz alta, lo que luego nos critican…pero eso si que ha cambiado. Me llaman por teléfono y me invitan a una cena en una casa de amigos en Inglaterra. Tomamos el primer plato y se marchó la luz. Veinte comensales muy puestos y muy serios, mis amigos, los dueños de la casa, se miran sorprendidos. Yo me sonrío, porque dijo Bécquer que era más elegante que reírse. Me miran, nos miramos. Pasan veinte minutos y la luz vuelve. Me repiten ¿qué te pasa? Respondo pausadamente: Si esto ocurre en mi país, en una casa de veinticuatro habitaciones al uso, siete coches, cinco caballos con sus cuadras y dos lagos a los pies de la mansión, seguro, salimos en los periódicos.

Algo ha cambiado. Ya las chinas, la que venden claveles por los bares, no sorprenden porque han querido ser como nosotros y han aprendido a tener la gloria entre sus manos, cuando unas soleares, con los difíciles que son, bailadas por esos cuerpos de mimbre y de coraje. La gran plaza de Bruselas, siempre será hermosa pero no vayáis a visitarla de noche porque podréis verla… a oscuras, los gamberros apoyados en las esquinas para ver que pueden afanar. Antes yo no lo sabía y me hablaban mal de mis ciudades y tenia que aguantarme. Ahora no aguanto. El mal es muy común y está entre todos, repartido por entre las callejas y los días. En estos años se han llenado los pueblos de la costa, Marbella el primero de mujeres de América del centro, del sur y de tantos lugares conquistados. Hay del África negroide, necesitada y vieja.

Y llegará la moda. No sé como contar, las estadísticas son engañosas llega un aire nuevo, hermoso y lleno de incógnitas sublimes. Rusas, Ucranianas, Bielorrusas, Polacas, Búlgaras, Rumanas y tantas y tantas de esos países que sin ser rusos, no dejan de serlo. Es la invasión de los Balcanes. Todas revolotean por este campo distinto e in-conquistado. La mar atrae mucho y el pueblo se ha hecho Babel en nuestros días. Son de ideas más concretas, saben muy bien lo que quieren y como conseguirlo. Trabajan pero bajo una cultura solapada que usan cuando pueden. Hablan idiomas o lo aprenden rápidamente. Tocan el piano, escriben poesías o sirven copas, limpian y piensan. Todas estas mujeres que vienen de tan lejos y las que nos visitan tan de cerca: Marruecos. Estas, como están al lado, son como de casa, se traen a los novios, los maridos, abuelos, padres y todo lo que encuentran. Estamos invadidos no sé cuando acabará la noche pero hay más del 14% entre nosotros, cerca de diez millones más para comer. Dicen que las mujeres más guapas del mundo son las ucranianas. Será el frío que les pone esa piel de melocotón y esos labios de novias. No sé con quién juntarme para hablar de fábulas hermosas. No sé qué hacer para seguir gozando. Marbella tu historia te ha sonreído siempre. Siempre tuviste pan en abundancia, pero ahora quieres más y vuelves a tenerlo. Filipinas, que no habláis español, porqué lo olvidaste tan prontito, si sólo hace 109 años que no pertenecías a mi país. Ayer, oír cantar una canción de niños que todavía cantáis en las escuelas, habla del amor patrio, habla del trigo. También habéis venido en cantidades, hablando un poco y chapurrando inglés que es el que manda. ¡Qué alegría vivir con la belleza junto a la costa azul que nos cobija! Es un lugar para aprender idiomas y para amar otras costumbres, otras culturas, otras comidas y otros sentimientos.

Delimitar espacios

Vuelvo al principio del tema, al título del artículo, porque algunos estarán sorprendidos y otros ya sabrán por donde voy. A vara jincá o vara clavada en el suelo para delimitar espacios. En el mundo del trato en Andalucía hacer algo a vara jincá es comprar algo con todo lo que tiene dentro. Dicen las personas viejas, que un hombre de negocios de Priego, pueblo de Córdoba, compró un cortijo “a vara jincá” a una marquesa Sevillana. Concluidas todas las formalidades, la señora Marquesa pidió que quería volver pronto a la cuidad y pidió que le preparasen su coche. El comprador respondió: Tendré mucho gusto en llevar a la Señora en mi propio coche. El de usted está dentro de los límites del cortijo y siendo trato a vara jincá, me pertenece por derecho.

Así era la vida en nuestra tierra, cuando las cosas se hacían con un apretón de manos, con una palabra o como acabamos de referir. Personalmente todo ha cambiado, por desconfianza. Ahora comprenderéis la relación de la parte central, el nudo que llamamos, con los extremos. No pude comprar el piso, no tuve el dinero suficiente, seguí buscando hasta que un día me llegó una luz. Paseaba por la playa aquella tarde, el mar estaba tranquilo y Marbella dorada. Vi una barca varada, cubierta por una duna alta, que me llamó poderosamente la atención. Me acerqué a ella y me acorde, sin pensarlo dos veces, chanquete. Aquel era un hombre bueno y yo quería serlo. Estaba un poco vieja, descolorida y llena de moho y de tiempo. Decidí entrar y encontré unas redes, un farol y algunos útiles que muchos habían servido. No pude contenerme, ésta es la mía. Volví a revisarlo todo y retorné sobre mis pasos. Pensaba en como darle forma a todo esto. Mi mente inquieta comprendía que tendría que trabajar mucho y ligero.

Cuantas veces había soñado con Chanquete. Buscaré al dueño, le compraré la barca, y no le diría nada porque el negocio se haría a vara jincá. No quería engañarle pero era necesario. Todo me lo quedaría para usar o para recordar. Aquel día había visto unas sílfides que no hablaba mi lengua era rubia y con los ojos verdes, el color de las uvas en el campo. Tenía que engañarla, era preciso. Le ofrecí mi casa y le hizo gracia, entró para verla y no volvió a salir porque en aquel momento había firmado lo que a vara jincá habíamos dicho.

No me gusta este tipo de negocios, pero a veces es bueno y productivo. Si mi barca está llena de redes y de hombres buenos y nobles sentimientos serán mis hermanos por decreto porque todo me pertenece por la vara jincá que no firmamos. Gracias, a ti, sirena de mi alma, que nos alumbras y velas los sueños de Marbella.
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