Es un dilema digno de un moderno príncipe Hamlet.
La Bahía de Marbella, Marbella Bay. Es el nombre que han decidido darle al que se pretende que sea un día un espectacular complejo turístico en Ras Al Khaimah, al norte de los Emiratos Árabes Unidos. Situado en una isla artificial en las aguas del Golfo Pérsico, el proyecto promete. En los Emiratos la realidad se instaló hace ya tiempo en un mundo que se presumía reservado para el reino de la utopía. Con un poco de suerte, Marbella Bay y la isla de Al Marjan pueden llegar a ser uno de los lugares turísticos más extraordinarios de aquella región.
Los impulsores del proyecto ya han comenzado los trabajos en la isla. Anuncian que toda la arquitectura del complejo será fiel a las formas y a los conceptos de la arquitectura tradicional andaluza. De ahí la decisión de llamarlo Marbella Bay. Obviamente no se evoca sólo a Andalucía, el “Leitmotiv” del complejo. También enarbolan, como un sustancioso valor añadido, la simbología de un icono turístico internacional como es, desde hace décadas, Marbella. Es impresionante la fortaleza que sigue teniendo la imagen de mi pueblo. Y doblemente meritoria. La Marbella turística no sólo ha sido capaz de soportar lo que todos sabemos. Ni siquiera aquellas dosis masivas de corrupción del pasado pudieron doblegar a esta ciudad.
Creo que si las cosas se hacen razonablemente bien, es obvio que Marbella y San Pedro recuperarán sus antiguos posicionamientos en los mercados turísticos. Y esto no sólo será positivo para los que vivimos en esta hermosa ciudad de la costa malagueña. Lo será también para toda la provincia. Y, sobre todo, lo será para los intereses turísticos de España. Por eso, no sería una mala idea abrir un diálogo con nuestros conciudadanos de otros países, aquellos de los que algunas veces nos olvidamos. Los que siempre apostaron por Marbella. Los que siguen siendo nuestra más potente caja de resonancia en el exterior. No sería inteligente ignorar que cierto número de ellos están alarmados por lo que se puedan encontrar en el nuevo PGOU. Sobre todo aquellos que, por venir de culturas con sólidas tradiciones de respeto a ciertos valores cívicos, son más vulnerables a la desconfianza y el recelo producido por recientes experiencias. No podemos olvidar que hace sólo ocho meses llegaba a Marbella un miembro del Parlamento Europeo, atendiendo la petición de diversos colectivos de ciudadanos - sobre todo extranjeros - en solicitud de amparo por la Alta Cámara europea. Las aparentes peculiaridades de algunas de nuestras actuaciones administrativas en el ámbito urbanístico y medioambiental habían hecho saltar las alarmas.
Parece razonable que se debería evitar la existencia de contenidos de dudosa eticidad o coherencia en el futuro PGOU, que reaviven viejos temores sobre la capacidad de nuestras instituciones a la hora de defender los derechos de los ciudadanos. Especialmente de los más débiles. Además se produce una curiosa aunque no novedosa paradoja: como hemos visto, serían los de fuera de nuestras fronteras los que mejor estarían calibrando el extraordinario potencial de esta privilegiada parte del mundo.