Hemeroteca :: 03/06/2009
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Opinión

TRIBUNA ABIERTA

Rafael de la Fuente

Última actualización 03/06/2009@03:31:29 GMT+1
En más de una ocasión he comentado que la transición a la democracia en España se adelantó bastantes años para muchos de los habitantes de nuestras zonas turísticas.
Era previsible. En lugares como la Costa del Sol lo habitual para nosotros era el contacto, muchas veces diario, con ciudadanos de otros países europeos, donde la libertad y la tolerancia y el sentirse protegido por leyes justas y razonables era lo habitual. Y por esto, nuestra visión, nuestra propia experiencia de lo que representan la Unión Europea y las instituciones que de ella dependen, ha incorporado unas dosis de familiaridad y conocimientos que frecuentemente no se dan en otras partes de nuestro país. Esto explica también el porqué de la preocupación de los que habitamos por estas latitudes ante algunas disfunciones de nuestra joven y todavía inexperta democracia.

Inicialmente tenía la intención de escribir hoy sobre dos obras maestras del arte cinematográfico que llevan el nombre de Europa. De ahí el título que encabeza este artículo. Una fue “Europa, Europa” de la siempre espléndida directora y guionista polaca Agnieszka Holland. La otra -“Europa”- la debemos a otro no menos brillante cineasta, el danés Lars von Trier. Lógicamente influenciado por la proximidad de las elecciones al Parlamento Europeo, pensaba escribir sobre estas dos grandes películas, imprescindibles para entender las claves básicas de la Europa de la que venimos. Pero había también decidido no referirme directamente a la trascendencia de esa convocatoria electoral. Hace veinte días, con motivo de la celebración del Día de Europa, publiqué un artículo sobre la UE y el ideal de la unidad europea. Y el undécimo mandamiento es no repetirse.

Pero todo cambió cuando leí el sábado pasado el artículo de mi buen amigo y en tantos aspectos maestro, don Pedro Aparicio. Si hay alguien que en España merece ser considerado un Gran Europeísta, con mayúsculas, es él. Fue este párrafo suyo sobre la Unión Europea el que me hizo cambiar de idea: “...Hoy es ya la primera potencia económica y comercial del mundo, tiene el mayor número de patentes, universidades, teatros y orquestas sinfónicas, elabora la más avanzada legislación social y presta la ayuda internacional más cuantiosa del planeta”. La historia puede tener momentos que dan vértigo. Retrocedamos exactamente 69 años.

Aquella primavera de 1940 fue portadora de unas fechas infaustas para Europa, representadas por la caída de Francia, Bélgica y Holanda, después de la ocupación de Dinamarca y Noruega y el triunfo de los sistemas totalitarios en la Europa continental. Sólo Suiza, Suecia, Islandia e Irlanda y, hasta cierto punto Finlandia, además de la indómita Gran Bretaña se libraron de la tiranía de regímenes brutales que terminarían llevando el mundo al desastre y a la destrucción de millones de vidas humanas. Cuando en Mayo de 1945 los cañones enmudecieron en los frentes europeos, muchos pensaron que tendría que pasar mucho tiempo para que cicatrizara tanta herida, tanto odio, tanto horror, tanta destrucción y tanta muerte. ¿Que pensarían hoy aquellos europeos que dieron entonces su vida por la libertad y la dignidad de los pueblos de este viejo continente? No lo sé. Lo que sí me atrevo imaginar es que probablemente les hubiera gustado acercarse con nosotros a las urnas para depositar su voto.
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